El subsuelo de Madrid: Un mundo paralelo

Hoy nos adentramos en las profundidades de Madrid, su cara oculta, la parte más desconocida de esta gran metrópoli. En el subsuelo de esta extraordinaria ciudad existen numerosos tesoros escondidos, se halla un mundo bajo nuestros pies, uno que no percibimos ni está a la vista pero que existe y es palpable. Una estación de metro fantasma bajo la Plaza vieja de Chamberí, pasadizos ocultos en el centro de la ciudad e incluso una camara acorazada oculta y de máxima seguridad se ocultan en las profundidades de esta superficie terrestre.

Desde las inmediaciones de la fuente de Cibeles, se encuentra la sede del Banco de España, en la calle Alcalá 48, es un edificio de piedra construido entre los años 1884 a 1891. A 35 metros del suelo se localiza una caja acorazada repleta de reservas de oro. Las medidas de seguridad para acceder a la camara son desmesuradas, hasta tal punto que en sus 70 años de vida nunca se ha producido un intento de robo o acceso no autorizado.

En la calle Alcalá 59, frente al Palacio de Correos de Madrid, se halla hoy día el bar irlandés “Mathew Loughney”. En los años treinta se denominaba “Café Lyon”, y era un café literario, en el que la narrativa, política, ensayo y crítica eran objeto de batallas dialécticas entre intelectuales de la época tales como Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre o Carlos Gurméndez. En el sótano de este café, antes y después de la Guerra Civil, se gestaba la tertulia literaria “La Ballena Alegre”. En las paredes de este sótano, aún siguen vivas las pinturas al fresco de la Ballena Alegre, un lugar en el que a pesar del paso del tiempo la poesía y la retórica dialogan en el espacio.

Debajo de la confluencia de las calles Luchana y Santa Engracia, en el tramo de la línea 1 entre Sol y la Glorieta de Cuatro Caminos, se construyó la Estación de metro de Chamberí. Esta antigua estación, diseñada por el arquitecto Antonio Palacios en 1919, recubierta de ceramica con juegos ornamentales, decorada con anuncios publicitarios de la época y cuya boveda se reviste de azulejo blanco, se clausuró en 1966 ya que no podía dar cabida a nuevos trenes de mayor capacidad. A partir de este momento, la estación cobró un aspecto casi fantasmagórico, sombrío y espectral. Muchos viajeros creían ver, al pasar entre las estaciones de Bilbao e Iglesia, una holografía. En la actualidad, y tras haberse iniciado en 2006 una gran obra de restauración integral, esta estación alberga el museo de la historia del metro, con el mobiliario y andenes originales.


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