Políticas lingüísticas

La realidad lingüística en Paraguay es confusa. Aquí se habla el español y el guaraní, esta última, una lengua autóctona que goza de políticas lingüísticas establecidas desde 1992. El guaraní, aun una lengua amparada por las leyes, vive el desprestigio social que la lleva a un consecuente abandono social en varios ámbitos. Este es un problema palpitante y existen otras minorías filológicas en las mismas circunstancias.

A continuación expongo un punto de vista, donde se comparan los fenómenos sociolingüísticos que presentan las comunidades que hablan el guaraní, con las comunidades del quechua – otra lengua autóctona de América, parte de una entidad donde también existe la diglosia.

Primeramente, para que una política lingüística se establezca por ley en una región, debe de existir como base un amplio conocimiento de la realidad filológica en el territorio donde la lengua se habla. Esto es una condición esencial. Así mismo, tiene que existir un proceso continuo y una interacción activa entre las partes involucradas que la diseñan, y entre las partes que la aplican con las partes del proceso de la realidad lingüística. Este sumario facilita entonces conocer la demografía y reproducción de la lengua. Se toma en cuenta también la cultivación de esta en el ámbito académico, así como el valor económico que añade a la comunidad. Es de esta manera como el guaraní advierte ser una de las lenguas autóctonas más importantes universalmente.

Las regiones donde se habla guaraní incluyen Paraguay, la Provincia de Corrientes en Argentina, el sudoeste de Brasil y el este de Bolivia. En Paraguay, donde es una lengua de jure, entidades culturales realizan un gran esfuerzo para mantenerla viva y difundirla entre los medios de comunicación. Este esfuerzo da como resultado que sea una de las pocas minorías lingüísticas que cuente con publicaciones literarias.

Sin embargo, el guaraní se enfrenta continuamente a retos sociológicos para lograr mantener sus políticas firmes y vigentes, como lo afirma el periodista Roque Acosta (2001) oriundo de la capital del país. El guaraní sufre una fuerte resistencia social debido a que su comunidad la supone como un símbolo de un estrato social bajo lo cual crea las complicaciones para su enseñanza.

Acosta (2001) añade que actualmente la escolarización en Asunción se imparte mayoritariamente en español, no obstante que el 95% de sus habitantes (cerca de 600.000 en 2008) hablan guaraní.

Ahora bien, el guaraní en comparación al quechua, llega a ser una lengua demográficamente “pequeña”. Cerca de 25 millones de personas en Argentina, Bolivia, norte de Chile, sur de Colombia, Ecuador y Perú, hablan quechua. Sin embargo, ninguno de los países donde se habla posee políticas que la reconozcan como identidad nacional. En este punto Perú se sugiere como una excepción, por tener un código en la Ley de la Educación de 1984, donde se estipula que la escolarización debe instruirse en quechua – no obstante, se concluye en español, su otra lengua por ley.

Así mismo en Argentina y en Chile, países de habla hispana, incluyen estatutos en su ley (Lastra, Y. 1992) a favor de la preservación de las minorías lingüísticas autóctonas regionales. Estos estatutos documentan que las lenguas aborígenes deben ser incluidas en los planes educativos de dichos países, pero esta iniciativa legal llega a ser insuficiente. El plantear políticas en una constitución no es la única respuesta efectiva a su preservación. De manera ineludible, se deben de implementar mejor en los sistemas educativos. Bien las lenguas autóctonas que gozan de cierta conquista, como el guaraní en Paraguay, es un ejemplo de esto.

Ahora, si se toma en cuenta la situación del guaraní en Paraguay, esta lengua puede presumir de llevarles ventaja a muchas otras minorías, porque aunque la cantidad de sus hablantes sea menor, la lengua se enseña a la par que el español en las aulas y es de jure. Así Paraguay ha logrando que su comunidad hable guaraní, en un porcentaje casi a la par, que el español.

Sin embargo, el quechua aun sin gozar de políticas lingüísticas en ninguno de los países donde se habla, bien vive momentos importantes. El quechua es un idioma vigoroso, se emplea cotidianamente en sus comunidades y cuenta con un número significativo de variedades, que se expanden continuamente.

La comunidad que habla quechua, proclama a la lengua no solo como parte ancestral indeleble sino como parte esencial de su idiosincrasia. Además cabe mencionar que solamente en Perú, el quechua se llega a hablar más castamente que el guaraní en Paraguay, donde “no existe el bilingüismo puro y se habla con una baja calidad de pureza léxica” Acosta (2001). Esta irregularidad lingüística en Paraguay es simbólica y se denomina como jopará: la mezcla del español y el guaraní.

En este contexto de la mezcla, se abre un espacio para recordar que mucha de la riqueza lingüística incorporada a la lengua castellana moderna, se debe a la filología amerindia que busca perpetuarse con las percepciones foráneas que se han establecido en su territorio. Esas percepciones lingüísticas incluyen al mestizaje de los pueblos árabes y judíos provenientes de la península ibérica.

Las lenguas de las culturas minoritarias, como el guaraní, corren el riesgo de disiparse a causa de varios fenómenos. Entre los fenómenos añejados que se pueden mencionar, vive la segregación racial; entre los fenómenos más actuales sobresale el concepto de la globalización.

Con el reciente concepto de globalización, que avanza a pasos agigantados, abre espacio a maneras uniformes en la comunicación. Este concepto llega así a aprisionar a las minorías lingüísticas porque exhorta a emplear maneras uniformes para comunicarse. El concepto de la globalización forja un escenario donde las minorías lingüísticas se inutilicen y de cierta manera, apunta al margen del detrimento. Cuando una lengua desaparece, la diversidad lingüística disminuye mundialmente; esto amplia la monopolización en los sistemas de comunicación.

En un escenario lingüístico más positivo en América Latina, se siente que aunque a las regiones de las voces autóctonas las domine el vocabulario de la castellanización, a su vez, en el español contemporáneo resuenan los vocablos de pueblos amerindios. La nueva publicación de Real Academia de la Lengua Española “La Nueva Gramática de la Lengua Española” (2009), documenta léxicos rociados de raíces vernáculas amerindias.

Para finalizar, así se comprueba que el guaraní goza de un lugar privilegiado en su comunidad. Así mismo, se alega que sin una democracia lingüística justa, que ambicione emplear en las instituciones educativas de todo país donde existen lenguas minoritarias, continuara siendo difícil preservar la diversidad lingüística del planeta. El deseo por preservar una lengua es un derecho humano.

Queda claro que para llegar a consolidar la diglosia en una comunidad, se necesitan vías más claras que forjen el aprendizaje y la difusión lingüística de manera heterogénea. En el continente americano, de norte a sur, existe una espinosa necesidad por establecer un compromiso legal y firme, con objetivos definidos que comprenda el repertorio filológico de todas las comunidades. Hace falta implementar con eficacia, programas educativos con métodos didácticos actuales, creativos y concientes de la situación lingüística.

Establecer políticas lingüísticas no es una labor fácil, y más difícil es, si no se cuenta con apoyo económico y con la conciencia de los derechos humanos. La lengua española le crea “indirectamente” un valor sociolingüístico inferior a todas las comunidades minoritarias también ricas en cultura, pero débiles aparentemente, en el poder gubernativo.

Viviana Mejenes-Knorr
http://artofwordsbiz.wordpress.com/

You might also like: