Tierras de olivos


El paisaje de Andalucía, tan variado y plural, tiene en el olivo una de sus expresiones más conocidas y emblemáticas. Su historia agraria está estrechamente unida al viejo tronco del árbol que es extiende desde Esmirna y el Ática hasta Sevilla. En la mitología griega encontramos la primera referencia a este árbol cuando la hija predilecta de Zeus, Palas Atenea, en conflicto con Poseidón, dios del mar, por dar nombre a la ciudad que en su día fundara Cecrops, primer rey del Ática, ha de crear la cosa más útil para el hombre. Así, la diosa Palas, al hincar su lanza en la tierra hizo que naciera el olivo, capaz de dar luz y alimento, curar enfermedades y aliviar los males del hombre. Un olivo como símbolo de paz, la luz y la vida, en contraposición al caballo de Poseidón, símbolo de la fuerza, del poder y de la guerra.

Las referencias al olivo y su cultivo son innumerables, pues las diferentes culturas que pasaron por España, desde la fenicia a la árabe dejaron un importante legado al respecto. Los fenicios, posiblemente, el mejoramiento de la técnica del cultivo y de la extracción del aceite; los romanos, aumentando las plantaciones de olivos, comercializando y exportando los mejores aceites de la Bética no sólo a Roma sino a lugares tan distantes como Ginebra, Utrech, Londres o incluso Heidelberg; y los árabes porque dedicaron especial atención a su cultivo, con estudios pormenorizados del suelo propicio, la plantación, cultivo y recolección, así como su estercolado y longevidad.

Cuando llega el otoño, época del inicio de la recolección del fruto, se cumple el rito anual y ancestral de la cosecha. Rito de esfuerzos y trabajos que se extiende desde Turquía a Portugal; a través de Grecia, la costa norte de África, Italia, Francia y España. Toda Andalucía es durante la recolección un inmenso eco que surge del choque de las varas con el leño del olivo. Movimiento rítmico que corta el aire y se repite año tras año, desde la profundidad inmensa de los siglos. Tanto en la recogida a mano como en el varear de los olivos, se hace patente la alianza entre el hombre y la naturaleza. Pese a la tecnología, la mano de obra sigue siendo imprescindible.

Paisaje andaluz, emblemático de la cultura mediterránea. Paisaje de una belleza singular, que siempre impresiona a los que miran con ojos bien abiertos y sensibilidad a flor de piel. Le ocurrió al director teatral alemán Jürgen Flimm, que respondió a la pregunta de un periodista-“¿Cuál es su sueño de felicidad?”- de esta bella manera: “Cielo, olivares, sol, aire….”

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